Dia V.
Santa Agueda, virgen y mártir.
Santa Águeda, la primera de las cuatro principales vírgenes y mártires del Occidente, tan celebradas en la universal Iglesia, nació en
Sicilia hacia el año del Señor de 230. Hay noble competencia entre
las dos famosas ciudades de Catania y de Palermo, sobre cuál de las
dos tuvo la gloria de haber sido cuna y patria de nuestra Santa; pe
ro lo que está fuera de toda duda es, que en tiempo de la persecu
cion Tivía Agueda en Palermo, y que padeció martirio en Catania.
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Era su casa una de las mas nobles de Sicilia; y como sus ilustres
padres profesaban la religion cristiana, criaron á la niña en toda
piedad, desvelándose en ciarla una educacion correspondiente á su
noble nacimiento.
Desde luego descubrió Agueda un entendimiento vivo y despejado;
era rica, era hermosa, tanto que pasaba por la mayor hermosura de su
tiempo; pero lo que la hacia mas sobresaliente era su singularísima vir
tud. Descolló tanto en ella desde sus mas tiernos años, que desde lue
go hizo voto de no tener otro esposo que Jesucristo, consagrándole su
virginidad, siendo ya desde su infancia el ejemplo y la admiracion de
todas las doncellas.”
No pudo ver sin mucha irritacion tanta virtud el enemigo comun de
nuestra salvacion. Excitó furiosas tempestades, para que naufragase en
ellas su voto y su constancia. Declaráronse pretendientes de su mano
cuantos caballeros nobles tuvieron noticia de su hermosura, y de sus prendas; mil veces lacombalieron, pero nunca la expugnaron; contan
do las victorias por las batallas, y las palmas por los choques.
Hallábase Agueda en Catania cuando Quinciano, gobernador de Si
cilia, oyó hablar del extraordinario mérito, y de las raras prendas que
adornaban á la tierna sierva de Jesucristo. Quiso verla, y por la rela
cion que le hicieron así de sus grandes riquezas, como de su singular
hermosura, se resolvió desde luego á pretenderla por esposa, y al pun
to envió por ella.
Cuando Agueda tuvo noticia de la orden del Gobernador, no dudó
que el Señor habia aceptado el sacrificio que le habia hecho de su vi
da, y creyó firmemente que ya se habia llegado el tiempo de cum,
plirle. Encerróse en su cuarto; y ¡lena de gozo con la esperanza de jun
tar la corona de mártir á la de virgen, hizo al Señor esta oracion fer
vorosa; Señor mio Jesucristo, mi Dios y mi divino esposo, bien cono
cidos teneis mis pensamientos, patente os está de par en par mi cora
zon: vos solo sois su único dueño, y vos lo sereis eternamente: ni su
frire’ jamás que ninguno entre á dividir con vos el imperio. Esposa
vuestra soy, libradme de este tirano; oveja vuestra soy, defendedme
de este lobo. Ea, Señor, concededme la gracia de que sea sacrifica
da como humilde victima, que está consagrada á vos desde que la ra
zon y la libertad mepermitieron la dicha de haceros este obsequio. La
hora del sacrificio se acerca, franquéense, Señor, vuestros oidos á la
piedad ardiente de mis amorosos votos. Acabada la oracion, se levan
tó animosa, y tomó el camino de Catania. En todo él no se ocupó su
pensamiento sino en considerar qué dicha tan grande era la de derra
mar la sangre por amor de Jesucristo; el viaje era una oracion conti
nua, y alentado el corazon con nueva confianza, así caminaba á la
muerte, como pudiera caminar á un triunfo.
54 FEBRERO.
Acababa de publicar el emperador Decio edictos severos y terribles contra los cristianos. Pareció á Quinciano que esta era bella coyuntu- •
ra para el logro de sus intentos, obligando á la Santa á condescen
der con ellos, ó á renunciar la religion cristiana. Yióla, y quedó tan
ciegamente prendado de su belleza, que no teniendo valor para hablar
la como juez, se contentó con entregarla auna maldita vieja, llamada
Afrodisia, cuya profesion era engañar á las doncellas, siendo su casa
escuela de disolucion, y teatro de lascivia.
No podia el Tirano condenar á nuestra Santa á suplicio mas cruel,
ni que la causase mas horror. Tampoco es posible declarar cuánto tu
vo que padecer la purísima doncella de solicitaciones importunas, de
tratamientos durísimos, de menosprecios y de ultrajes por espacio de
un mes, que estuvo en aquella infame casa. No hacia mas que derra
mar su corazon en la presencia de Dios, por los ojos en un precioso
Uanto, y por la boca en suspiros y oraciones, suplicándole no la de
samparase en tempestad tan deshecha. Dióse por vencida la porfiada
solicitud de Afrodisia, y pasando al palacio de Quinciano, le dió el último desengaño, declarándole que antes ablandaría la obstinacion
de un diamante, que lograr hacer mella en el corazon de Águeda;
porque, señor, concluyó la perversa vieja, esta doncella es cristiana:
y siendolo; ¿qué esperanza puede haber de pervertirla?
Al oir estas palabras mudó de afectos el pecho del Gobernador, y
apoderándose la saña, el coraje y furor del lugar que antes ocupaba
el amor ciego, juró por los dioses inmortales que habia de hacerla pa
decer los mas terribles tormentos. Mandóla comparecer delante de sí,
y arrojando centellas por los ojos, la preguntó como se llamaba, y de
qué familia era. Mi nombre es Agueda, respondió la santa, y mi fa
milia la conoces tú muy bien; con que no puedes ignorar quién sea
yo. ¿Pues como, replicó Quinciano, habiendo nacido libre y de casa
tan ilustre te has querido adocenar con la miserable condicion delos
esclavos? Si el ser sierva de Jesucristo es ser esclava, respondió la
santa Doncella, desde luego hago gloriosa vanidad de esta noble es
clavitud; porque no conozco ni mayor ni aun verdadera nobleza, sino
la de servir á este Señor. Instóla el Gobernador para que sacrificase
á los dioses del imperio, amenazándola que sino lo hacia espontánea
mente, sabria obligarla con el rigor de los tormentos. Tú quieres, di
jo la santa, que yo sacrifique á los dioses del imperio, pero ¿rao me dirás
qué dioses son esos? Un pedazo de madera, ó un trozo de mármol
que pulió el artífice en estátuas; un Jupiter, que segun vuestras mis
mas historias no hizo mas proezas que escandalizar al mundo con
sus maldades; una Venus, que te avergonzarias tú de tener una mu—
ger que se pareciese á ella. Irritado Quinciano con una respuesta tan discreta como animosa,
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mandó á los verdugos que descargasen en aquel hermosísimo rostro
crueles bofetadas; y no atreviéndose por entonces á pasar adelante con
el interrogatorio, ordenó la encerrasen en una oscura prision, con
esperanza de obligarla á que renunciase la fe, á con resolucion d
esponerla á los mas horribles tormentos.
Al dia siguiente la hizo comparecer segunda vez ante su tribunal,
y disimulando el furor con la ternura, la preguntó con cariño arti
ficioso, si habia pensado sériamenteen mirar por sí, y en salvar su vi
da. Y como que he pensado, respondió la Santa. Pues, hija mia
renuncia luego á Jesucristo, replicó el Tirano. ¿Qué llamas renunciar
á Jesucristo! respondió intrépidamente la santa Doncella: por lo mis
mo que he pensado con la mayor seriedad en salvar mi vida, no pue
do renunciar á Jesucristo, porque ese Señor es mi vida, ese es mi
salud, ese es mi único dueño. Quineiano, no pienses que tas amena
zas ni tus tormentos han de hacerme titubear. No se abalanza con
mayor ansia á una fuente de agua cristalina el sediento ciervo abra
sado del calor y de la sed, que la que yo tengo de dar la vida por
aquel dulce Salvador, que me redimió hasta derramar la última gota
de su sangre. Afila el acero, enciende el fuego, nada bastará á sepa
rarme de aquel dulcísimo dueño á quien amo mas que á mi misma.
Quineiano, en una palabra, tú podrás quitarme la vida, pero no po
drás arrancarme la fe.
Puede concebirse, pero no puede esplicarse, cuánto se enfureció el
Tirano al oír una resolucion tan generosa. Mandó que al instante la
estendiesen en el ecúleo ; que moliesen aquel delicado cuerpo ; que
quebrantasen aquellos virginales huesos con bastones anudados; que
rasgasen aquellas purísimas carnes con garfios, con uñas aceradas; y
que abrasasen aquellos tiernos costados con planchas de metal en
cendidas. Tantos, tan crueles y tan repetidos tormentos, que atrepe
llándose unos á otros estremecían y llenaban de horror á los circuns
tantes y aun á los gentiles mismos, los padecía nuestra Santa no solo
con heroica constancia, sino con indecible alegría.
Crecía la saña de Quineiano al paso que iba subiendo de punto el
invicto sufrimiento de nuestra Agueda; y no contento con la inaudita
crueldad de hacerla atenacear sus virginales pechos, llegó á la bar
barie de mandárselos cortar. No cedió la santa Doncella á un dolor
tan vergonzoso como cruel, y solo se contentó con zaherirle modesta
mente con aquella especie de horrible inhumanidad, protestándole que
no por eso haría mella en su firmeza. Hallose tan avergonzado Quin
eiano de verse vencido por aquella doncellita tierna, que segunda vez
la mandó encerrar en la cárcel, con orden de que la dejasen morir allí
de sus heridas.
Apenas entró Agueda en el calabozo, cuando una celestial luz des
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terró su obscuridad, bañándole de resplandor, Dejóse ver en medio de
ella el glorioso apóstol san Pedro, que la curó milagrosamente. Llegó
á noticia de Quinciano, y la mandó comparecer tercera vez ante su
tribunal; pero sin darse por entendido de la milagrosa curacion, que
los gentiles atribuían siempre á efecto de hechicería. Es menester, la
dijo, resolverte desde este mismo punio á sacrificar á nuestros dioses,
ó prevenirte para padecer tormentos mas crueles que todos los pasa
dos. Como ni en el cielo ni en la tierra, replicó la santa, reconozco mas
Dios que el que yo sirvo, nunca me resolveré á doblar á otro la ro
dilla. Al oir estas palabras, revestido de nuevo furor el Tirano, man
dó que desnuda la arrastrasen primero por ascuas encendidas, y des
pues por puntas y cascos de vasijas hechas pedazos. Sirvió el nuevo
tormento de materia á nuevo triunfo. Apenas se dió principio á la
ejecucion, cuando se estremeció la ciudad con un espantoso terremoto;
hundiéronse muchos edificios, se vino abajo una pared, que sepultó en
tre sus ruinas á Silvano, consejero , y á Falcon amigo de Quinciano,
principales autores de su crueldad, y atizadores ambos de su ira. Al
borotóse el pueblo; y el Gobernador se vió precisado á asegurar su vida
con la fuga. Fue Agueda restituida á la cárcel, y apanas entró en ella,
cuando hizo al Señor la oracion siguiente.
Dios poderoso, Dios eterno, que por puro efecto de tu misericordia
infinita quisiste tomar bajo tu especial amorosa proteccion á esta tu
humilde sierva desde que se hallaba en los primeros arrullos de la
cuna, preservándola del contagioso amor del mundo, para que mi co
razon ardiese únicamente en el purísimo incendio de tu amor; Salva
dor mio Jesucristo, que has querido conservarme en medio de tantos
tormentos para mayor gloria de tu nombre, ypara confusion vergon
zosa del poder de las tinieblas; dignate de recibir mialma en la eter
na feliz estancia de los bienaventurados; esta es la última gracia que
pido, y que firmemente espero de tu infinita bondad. Al decir esto es
piró. Sucedió su preciosa muerte el dia 5 de Febrero de 281. Al pun
to se apoderaron del virginal victorioso cuerpo los cristianos, y le die
ron sepultura en la ciudad de Catania con toda la veneracion que cor
respondía á tan ilustre martirio. Llegando á los oídos de Quinciano la noticia de la muerte de la San
ta, y temiendo nueva sedicion del Pueblo, se retiró precipitadamente.
Llegó en posta al rio Símela, que hoy se llama Jarreta , y metiéndose
en una barca para pasarle, uno de sus caballos le asió con los dien
tes por el pescuezo, y al mismo tiempo otro le disparó una coz tan fu
riosa, que arrojándole en el rio no fue posible librarle, ni hallarse des
pues su cuerpo.
Desde el mismo dia en que murió santa Agueda fué celebrada en
odo el orbe cristiano. Los milagros que comenzó Dios á obrar en
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su sepulcro, dieron luego el mas auténtico testimonio de su intercesion
poderosa, y la ciudad de Catania conoció el gran defensivo que tenia
en sus reliquias. Aun no se habia cumplido el año de su glorioso mar
tirio, cuando enfurecido el volcan del monte Etna, y vomitando de
sus entrañas caudalosos rios de fuego, que iban corriendo arrebata
damente á convertir en pavesas la ciudad, tomaron los cristianos el
velo que cubría el sepulcro de la Santa, y saliendo intrépidos al en
cuentro de las llamas, se le pusieron delante. ¡Raro prodigio! Al pun
to hicieron alto los torbellinos de fuego, y retrocediendo poco á poco,
se retiraron á encerrarse en sus cavernas, de manera que habiendo
comenzado el incendio el dia primero de Febrero, cesó el dia 5, que
era el de la muerte, y el de la fiesta de nuestra Santa. Este prodigio
se ha repetido muchas Teces, y siempre con nuevas esperiencias de
lo que puede en el cielo la proteccion de Agueda.
Es muy antiguo en la iglesia el oficio de nuestra Santa, con la sin
gularidad que solo tiene ejemplar en el de Santa Inés, de rezarse en
él los salmos del comun de los santos mártires, para dar á entender
á los fieles el heroico valor, y la animosidad varonil, con que estas dos
tiernas doncellas dieron la vida en defensa de la fe, y de su virgini
dad. Ilácese lugar en el cánon de la misa al nombre de Sta. Agueda,
siendo tambien muy reparable, que hasta los Ingleses le conserven
aun el dia de hoy en su calendario, en testimonio de la antigüedad,
que logra en la Iglesia su veneracion.
Ei» misa es en Uonra de «anta Águeda, y la oracion es la
siguiente.
Deus, qui inter ccetera potentice
tuce miracula, etiam in sexu
fragili victoriam martyrii contulisti:
concede propitius, ni qui bea
ta Agathce, » virginis et martyris
tuce natalitia colimus, per ejus ad
te exempla gradiamur. Per Dominum
nostrum Jesum Crhistum.
O Dios, que entre las otras ma
ravillas de tu poder supiste dar
fuerzas aun al sexo masfragil, pa
ra que pudiese conseguir la vic
toria del martirio; concédenos la
gracia de que celebrando la me
moria de tu virgen y mártir san
ta Agueda, podamos caminar á tí
por la imitacion de sus ejemplos.
Por nuestro Señor Jesucristo..